Autor: Roberto Deras, UCA, San Salvador.

Desarrollo del tema

¿Quién es Epicuro?

Pensador de origen griego y fundador del epicureísmo. Nació en Samos el año 341 a. C. y murió en Atenas en el 270 a. C. Según la información que brinda Diógenes Laercio, escritor griego que recogió la vida, teoría y obra de buena cantidad de filósofos del mundo griego, señala que Epicuro se nutrió de las ideas platónicas (de la mano de Pánfilo, su primer maestro de filosofía en su natal Samos), a la edad de catorce años. A los dieciocho años, por imposición u obligación de la ley, tuvo que cumplir su deber con la patria. Viajó a Atenas para prestar servicio militar, condición indispensable para el pleno derecho a la ciudadanía. Al finalizar su servició militar regresó a Samos para reunirse con su familia; sin embargo, por causas políticas, su familia había emigrado a la ciudad de Colofón. Epicuro emprendió el mismo viaje, en el año 321 a. de C., a la vez, aprovechó la cercanía entre Colofón y la ciudad de Teos para visitar la última. Dicha etapa es muy importante en el itinerario intelectual de nuestro autor, puesto que allí se puso en contacto con la filosofía del átomo -a través de Nausífanes, discípulo de Demócrito- que más adelante será determinante en su propuesta Ética. Entre Colofón y Teos, Epicuro pasó diez años. Fue entonces que cerró su ciclo de aprendizaje para emprender su propia propuesta teórica o escuela. Así, en la ciudad de Mitilene, inició su actividad académica, es decir, su vida de maestro. Posteriormente, Epicuro dejó Mitilene y paso a Lámpsaco, donde impartió clases durante cuatro años.

 

Según los especialistas en Epicuro[1], tras los éxitos intelectuales cosechados entre Mitilene y Lámpsaco, comprobados por la captación de prosélitos o discípulos, se vio en la obligación de escalar más peldaños, por ello, en el 306 antes de Cristo, se instaló en Antenas y con su novedoso sistema filosófico fundó su escuela que luego se conocería como el “Jardín de Epicuro”. Vale mencionar que en Atenas existían dos escuelas de filosofía: la Academia platónica y el Liceo aristotélico. Pese a algunas diferencias, dichos centros de formación no se enfrentaban entre sí. Dicho en otras palabras, la propuesta de Epicuro pasó a competir con escuelas y sistemas filosóficos ya arraigados y famosos; no obstante, lejos de fracasar, Atenas se convirtió en el lugar donde nuestro autor pasó a establecerse hasta su muerte. Fue allí donde, con todos sus conocimientos adquiridos, dedicó el resto de su vida en función de la vida intelectual y material de los miembros de su escuela, una escuela caracterizada por ser incluyente.

 

¿Cuál era el contexto político en el que se desarrolló el epicureísmo?

 

El contexto histórico en el que se desarrolla la filosofía de Epicuro está marcado por las grandes modificaciones sociales y políticas en el mundo griego a partir del derrumbe de la democracia ateniense.

 

En torno a la fecha del  nacimiento de nuestro autor, año 341 a. C., el concepto de ciudad-estado estaba por claudicar. La independencia de cada ciudad y la libertad de todos los ciudadanos estaban en crisis. “Grecia entera estaba llamada a ser desde entonces una sola entidad política, que se movería a los solos dictados de un único señor, el monarca macedónico Filipo (351 a.C.) y luego Alejandro (336-323 a. C.)”[2]. En otras palabras, el concepto de polis perdió su autarquía y las ciudades emergieron como provincias de un enorme imperio; por tanto, se produjo una nueva mentalidad y una nueva forma de establecer relaciones humanas. Según Victoria Camps[3], dejó de pensarse en las virtudes para una vida justa en común y lejos de eso, se inició un individualismo que se convirtió en una característica del mundo occidental vigente hasta nuestros días. En definitiva, todos esos acontecimientos marcaron cambios en todos los ámbitos del pensamiento del hombre helenístico. Luego de la muerte de Alejandro se abrió un periodo de guerra cuyas secuelas fueron la inseguridad física, la pobreza, el desconcierto y la desilusión; asimismo, la felicidad pasó a ser un asunto privado.

 

Por otra parte, si en la época anterior a Epicuro (la de la ciudad-estado) el individuo entretenía su tiempo en ocupaciones políticas y religiosas (ambas ocupaciones operaban al unísono), en el helenismo el modelo político cambió y con él la situación anímica del hombre. Al otrora entretenimiento en el campo político sucede el vacío; al sentimiento de estar abrigado por los dioses, sucede la soledad. En este punto, gracias a su concepción materialista, Epicuro hará mucho énfasis en que la religión es un engaño. Ciertamente, creía en la existencia de dioses, pero no como lo presentaba la sociedad y menos el poder político.

 

Es en este tenso ambiente en el que surgen las nuevas tendencias filosóficas (conocidas bajo el nombre de escuelas helenísticas), entre ellas se encuentran la filosofía de Epicuro, que al igual que las otras su objetivo era proponer una nueva manera de vivir y de buscar la felicidad; esto a través de una forma de vida, es decir, desde una ética.

 

Principales elementos de la ética de Epicuro

 

Como se señaló antes, el contexto de Epicuro estuvo marcado por la inseguridad económica, política y por el debilitamiento de la polis. En ese sentido, la ética que ofrece Epicuro va dirigida al individuo y consiste en una ética que busca el placer y que desprecia la vida pública. Una ética basada en la moderación y en la tranquilidad. De ahí entonces que la escuela que fundó (denominada el Jardín), a diferencia de las otras dos escuelas que coexistían en Atenas, buscaba la interacción en un ámbito más privado. Se trataba, pues, de un espacio en el que confluían, sin distinción, hombres y mujeres; ricos y pobres; jóvenes y viejos; hombres libres con esclavos. En palabras de Michel Onfray (filósofo francés), Epicuro propuso una comunidad filosófica construida sobre la amistad. “En la República, el individuo existe por la colectividad; en el Jardín, la comunidad sólo existe por y para él”[4].

 

A partir de la información que brinda Diógenes Laercio, sabemos que Epicuro escribió más de cuarenta libros; sin embargo, para Carlos García Gual, son la Carta a Meneceo y las Máximas Capitales los textos de ética más importantes de nuestro autor[5]. También podría incluirse las Sentencias Vaticanas; sin embargo, estas máximas no todas pertenecen a él, sino a algunos de sus discípulos inmediatos. Ahora bien, sobre el primer texto, Victoria Camps sugiere lo siguiente: “Conviene leerla, pues en ella se contiene sintetizada toda la teoría de Epicuro sobre la forma de vida moralmente más conveniente y los peligros que la amenazan, el fundamental de los cuales es una visión equivocada de la religión”[6]. Respecto al segundo documento, García Gual va señalar que las primeras máximas tratan de los temas fundamentales de la Ética[7], pero que abarca otros temas relacionados al conocimiento, a la justicia y la sociedad.

 

Por otra parte, siguiendo a Camps, es interesante destacar la calificación que García Gual hace acerca del pensamiento de Epicuro: como un autor utilitarista. Esto último en tanto que lo que le interesa es lo que sea útil para vivir. Otro aspecto importante para el pensamiento de Epicuro es la necesidad de librarse de los miedos y las angustias, puesto que el objetivo del ser humano es la vida buena que se encuentra en el placer y la ausencia del sufrimiento. En definitiva, para Camps, en Epicuro encontramos dos elementos que en primera instancia parecen incompatibles: el hedonismo, o el placer como objetivo, y la austeridad implacable, es decir, lo que da la verdadera medida del placer que hay que buscar. Para Epicuro, nadie más que el cuerpo puede decirnos qué conducta debemos tener. Ni Dios, ni ningún mortal pueden decir que hacer.

 

¿Qué es el placer para Epicuro?

 

En primer lugar, se debe apuntar que para Epicuro todos los placeres tienen su raíz en el cuerpo, sin embargo, los del alma serán considerados superiores puesto que dependen más del mismo ser humano en tanto que por medio de la filosofía, de la imaginación, de la reflexión, podemos acercarnos o llegar con mayor intensidad al placer. De ahí entonces que para Epicuro en buena medida el filosofar constituye el máximo placer. Aquí entra un concepto muy importante en todo el planteamiento del epicureísmo: la ataraxia o la ausencia de perturbación espiritual o de miedos y la aponía o falta de dolor en el cuerpo. ¿Cómo se llega a esa ausencia de miedo? Camps va señalar que Epicuro llega a ese estadio a través de cuatro claves: los dioses no son temibles; tampoco lo es la muerte; es fácil procurarse el bien; es posible soportar el dolor. A su vez, dicha ausencia se sostiene a cuatros principios: todos los placeres son buenos, pero no todos hay que procurárselos; todos los dolores son malos, pero no todos deben ser evitados. Saber discernir y tener disciplina para reprimir lo no deseable son dos medidas imprescindibles para ser un buen hedonista.

 

En segundo lugar, para Epicuro el placer además de ser ataraxia es autarquía, esto es, independencia respecto a los propios deseos. Aquí se vincula la concepción de sabio que formuló Epicuro y su escuela. Para éstos el sabio no es  ambicioso, ni le gusta la vida pública. En otras palabras, su opción es rechazar el poder. Desde su jardín, Epicuro se inclina por la vida comunitaria, la tranquilidad y la amistad. El cultivo de la última funge como uno de los bienes más apreciados ofrecidos por la sabiduría, indispensable para lograr la felicidad en la medida que es fuente de placer en tanto genera seguridad y confianza.

 

En resumen, el placer para el epicureísmo es el principio y el fin (arkhé y télos) de una vida feliz. Se trata de una ética hedonista, pero no bajo el uso coloquial que actualmente se le da al término, sino, así como se esbozó antes, debe entenderse como el no sufrimiento o dolor en el cuerpo ni turbación en el alma.

[1]                      Véase: Epicuro, “Obras completas”, Ediciones Cátedra, Madrid, 2001, p. 11.

[2]                      Ibíd., p. 13.

[3]                      Camps, Victoria, “Breve historia de la ética”, RBA Libros, Barcelona, 2013, p. 80.

[4]                      Onfray, Michel, “La comunidad filosófica. Manifiesto por una Universidad Popular”, Editorial Gedisa, Barcelona, 2008, p. 24.

[5]                      García Gual, Carlos, “Epicuro”, Alianza editorial, 3ª edición, Madrid, 2013  p. 163.

[6]                      Camps, Victoria, Op. cit., p. 93.

[7]                      García Gual, Carlos, Op. cit., p. 164.

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